de calzado de diferentes tallas, eternamente manchados de barro, hierba o tiza escolar.
Volví a bajar la mirada hacia la hoja de papel. La letra era la de David, mi hijo mayor. A él siempre le había resultado más difícil que a otros expresar sus sentimientos; había heredado de su padre esa misma reserva, tras la cual nunca se escondía la crueldad, sino solo un dolor sordo y obstinado.
«Mamá, no me guardes rencor. No es culpa tuya que hayamos tardado tanto en comprender. Todos estábamos ciegos. Nos dejábamos arrullar