decidir qué hacer con él. Elegí esa edad porque quería que primero descubrieras quién eras, sin el peso de nuestro dinero.
Una lágrima descendió por mi mejilla.
—Pero también establecí medidas de protección. Si quienes recibieron mi confianza utilizaron esos bienes para perjudicarte, tendrías derecho a exigir cuentas y recuperar el control de lo que legítimamente te pertenece.
La imagen se oscureció.
Y apareció una última frase:
«Hija mía, nunca entregues tu vida a alguien que te exija renunciar a tu música para merecer su amor».
Me cubrí la boca.