pecho.
Por primera vez, vi verdadero miedo en su rostro.
Adrian intervino.
—¡Yo lo encontré entre las cosas de Evelyn! Pensé que podía disponer de él.
—Exactamente —dije—. Pensaste que podías disponer de todo cuanto era mío.
La grabación de mi madre continuó.
—Evelyn, si algún día ves esto, quiero que sepas algo. Nunca fuiste una niña abandonada. Fuiste profundamente amada.
Sentí que la garganta se me cerraba.
En la pantalla, Elizabeth acarició las teclas del piano.
—Dejé instrucciones para que, al cumplir veinticinco años, pudieras conocer tu patrimonio y