otro lado de la ventana.
Recordé la orden cruel pronunciada en aquel despacho de Pekín.
Adrian había querido romperme las piernas para impedirme volver a caminar.
Había querido arrebatarme la música, la dignidad y el futuro.
Pero terminó perdiendo el control que tanto necesitaba ejercer sobre mí.
Y yo había llegado hasta allí, caminando sobre mis propios pies, sin deberle nada.
Alexander se colocó a mi lado.
—Por cierto, tengo una pregunta.
—¿De negocios?
—No.
—Entonces adelante.
Pareció buscar las palabras adecuadas.
—Cuando termine el concurso, ¿te gustaría acompañarme a