todo el daño desapareció.
Algunas mañanas Elena confundía fechas.
Otras preguntasaba por familiares que habían muerto hace años.
Pero cada semana parecía recuperar una habitación perdida de su memoria.
Una tarde Arturo llegó con el café y se encontró mirando por la ventana.
—Te tardaste.
—Había tráfico.
—Siempre tienes una excusa.
Él dejó las bolsas sobre la mesa.
—¿Qué querías?
Elena frunció el fruncido.
-Nariz.
Arturo sacó una roja llena de mandarinas.
La mujer se quedó inmóvil.
Una lágrima descendió por su mejilla.
—Las mandarinas.
Arturo se sentó a su