demasiado lento.
Y en su aliento percibió un olor químico que conocía demasiado bien.
Aquello no era sólo maltrato.
Alguien estaba drogando a Elena.
Y Arturo todavía no podía imaginar para qué.
Lo que descubriría durante las siguientes cuarenta y ocho horas convertiría la traición de su propio hijo en algo mucho peor.
PARTE 2
A la mañana siguiente, Daniel encontró a Arturo frente al jardín.
—Si quieres seguir durmiendo aquí, gánate la comida. Limpie todo el terreno del fondo.
Arturo bajó la cabeza como un anciano derrotado.
—Sí, joven.