PARTE I. La hija que debía estar muerta
—Señora Pérez, ¿está usted diciendo bajo juramento que su hija está muerta?
Mi madre ni siquiera pestañeó.
—Sí, señor juez. Mi Alejandra murió hace años. Ya no tenemos ninguna esperanza.
Yo estaba de pie junto a la puerta del juzgado, a menos de diez metros de ella, escuchando cómo enterraba mi nombre delante de desconocidos. Llevaba un abrigo oscuro y una carpeta bajo el brazo. Había viajado toda la noche para llegar a Querétaro, pero no sentía cansancio. Solo aquella presión en