manos ella trabajaba cada día. Y la pequeña cicatriz también la recordó de repente.
Unos meses antes se había roto un jarrón de cristal caro en el salón. Sarah estaba recogiendo los pedazos y se cortó la mano. Alexander pasaba por allí por casualidad y hasta le preguntó si se encontraba bien.
Lo olvidó cinco minutos después.
Pero la cicatriz se quedó.
— Perdóneme, señor —dijo Sarah en voz baja—. No quería engañarle. Me dijeron que simplemente me sentara aquí unos minutos.
Alexander la miró largo rato.
Ante él estaba por