llevaba documentos preparados por sus abogados y que yo firmaba para facilitar la gestión de las empresas.
Diana sacó el móvil.
—Voy a llamar a Eugenio.
—¿Quién es?
—Un abogado que trabaja conmigo. Y, por favor, no firmes nada más.
Al día siguiente, Diana apareció en nuestra casa para tomar el té con Alicia.
Mi suegra la recibió con su sonrisa habitual, impecable y completamente falsa.
—Diana, qué alegría. Vera nos dijo que estabas de paso.
Durante unos minutos hablaron de negocios, viajes y arquitectura.
Después Alicia me vio acercar