y otra muy distinta demostrarlo. Tenemos que conseguir documentos, mensajes y testimonios. No basta con decir que Marcos te engañó.
Aquello me hizo comprender algo que hasta entonces había evitado aceptar: por mucho que una persona te conozca, por mucho que hayas compartido una cama con ella, su palabra no tiene por qué protegerte cuando llegan los problemas.
Recordé las carpetas amarillas.
Los besos apresurados.
Las etiquetas colocadas exactamente donde debía firmar.
Y sentí una tristeza más profunda que cualquier rabia.
—Necesito hablar con Marcos —dije.
Diana negó inmediatamente.
—No.