a través de mi abogado y conservábamos mensajes, copias y fechas.
Necesitaba tiempo. Y, sobre todo, necesitaba que Leo siguiera a salvo.
Respiré profundamente.
—Dame un bolígrafo.
Marcos levantó las cejas.
—¿Ves? Sabía que entrarías en razón.
Firmé tres documentos ante él. Lo hice con el estómago encogido, consciente de que aquellas firmas podían complicar todavía más mi situación. No eran una protección ni un truco mágico. Eran una decisión desesperada, tomada después de recibir amenazas que mi teléfono estaba grabando.
Cuando terminé, Marcos me besó en la mejilla.
—Así