declaración que me heló la sangre: yo certificaba personalmente la ejecución de unas obras que ni siquiera conocía.
Lo peor llegó cuando Marcos entró en la habitación y me vio leyendo.
No parecía sorprendido.
Parecía enfadado porque todavía no había firmado.
PARTE II. LA ADVERTENCIA QUE NO QUISE ESCUCHAR
—Deja esos papeles, Vera. Tú eres arquitecta, no abogada. No tienes por qué entender cada detalle de nuestros negocios.
Marcos me quitó suavemente la carpeta de las manos y la dejó sobre la cómoda.
No levantó la voz. Nunca necesitaba hacerlo.