los presentes se quedaran en silencio incómodo, como si alguien hubiera cometido una indiscreción social imperdonable. Era como ver un espejo del pasado, un retrato viviente, Ignacio a los 3 años debió haber lucido exactamente igual con esos mismos ojos grises penetrantes y esa misma mandíbula determinada.
Uno de los oficiales presentes, el capitán Robles, había conocido a Ignacio desde la infancia. Se quedó mirando al niño con la boca abierta, luego miró a Ignacio, luego de vuelta al niño. No dijo nada, no hacía falta, la incomodidad en la