habitación era palpable, espesa como el aire húmedo de Veracruz antes de una tormenta.
Petra llegó corriendo murmurando disculpas apresuradas mientras arrastraba al niño fuera del salón, pero el daño ya estaba hecho. Las semillas de la sospecha habían sido plantadas en la mente de Beatriz y ella era demasiado inteligente para ignorarlas. Esa noche Beatriz no durmió. Se quedó despierta en su habitación, que estaba separada de la de Ignacio por una pared delgada y una puerta que él rara vez cruzaba ya.
Escuchaba los ronquidos de su marido