si quería gastar dinero en tutores, ese era su derecho como mujer de medios independientes. Lo que nadie sabía era que después de cada sesión formal con los tutores en la sala de estudios, Beatriz los llevaba discretamente a las habitaciones traseras, donde los siete hijos de Itzel esperaban con una avidez por aprender que partía el corazón.
Niños que sabían, incluso a tan temprana edad, que la educación podría ser su única salvación, su única oportunidad de escapar del destino de esclavitud que la sociedad había decretado para ellos.