aun así no puedo meterme en su cabeza.
—Inténtalo.
Suspiró.
—Al principio decía que quería protegerte.
—¿De qué?
—De sentir que habías perdido dos padres antes de poder conocerlos.
—Pero yo ya tenía padres.
—Exacto.
—Ustedes.
Asintió.
—Después pasó el tiempo.
Su voz se hizo más baja.
—Y creo que dejó de ser protección.
—¿Entonces qué era?
—Miedo.
—¿Miedo de qué?
—De que si descubrías quién era Ana, dejarías de verla como tu madre.
Miré las fotografías.
—¿Y tú?
—Yo también tuve miedo.
—Pero igual me trajiste.
—Porque ayer comprendí