“¿Por qué?”
Noah miró sus piernas.
“Porque estoy cansado de tenerles miedo.”
Me quedé en la puerta.
No dijo que quería caminar.
Nadie le prometió que lo haría.
Dijo algo más importante.
Quería dejar de tener miedo.
Aquella tarde estuvimos los tres durante los ejercicios.
Emma le devolvió cada decisión.
“¿Seguimos?”
“Sí.”
“¿Otra vez?”
“Una.”
“¿Dolor?”
“Un poco.”
“¿Paramos?”
Noah pensó.
“Treinta segundos.”
Emma puso el cronómetro.
Nada de discursos.
Nada de “eres un campeón”.
Nada de convertir cada movimiento en una prueba de valor.
Cuando terminaron, Noah estaba agotado.