ilusión.
—Adrian, no puedo pasarme la vida cuidando a un hombre enfermo, endeudado y metido en investigaciones. Yo no elegí esto.
La llamada terminó.
Adrian permaneció sentado.
Había creído que una mujer que lo necesitaba para todo lo amaría sin condiciones.
Y había despreciado a otra que había sido capaz de sostenerse sola.
En París, mi vida comenzó a cambiar de una forma mucho menos espectacular.
No hubo grandes celebraciones.
Ni un hombre perfecto apareciendo para rescatarme.
Hubo mañanas difíciles, trámites interminables y noches en las que me despertaba preguntándome