al trabajo de quienes vienen cada día para cuidar a otras personas.
Recorrí la sala con la mirada.
—Y espero que nunca olvidemos que quienes cuidan también merecen ser cuidados.
Los aplausos llenaron el auditorio.
Por primera vez, no busqué el rostro de Adrian entre el público.
No necesitaba que estuviera allí para sentirme orgullosa.
Aquella noche, antes de tomar el avión de regreso a París, pasé frente a nuestra antigua casa.
La fachada seguía igual.
Las mismas ventanas.
El mismo jardín.
Durante años había creído que aquellas paredes eran