me dijo:
—Me caía bien.
—Lo viste tres veces.
—Fueron suficientes.
Sonreí.
A los setenta y ocho empecé a tener problemas de memoria.
Leves.
Después progresivos.
No tenía hijos adultos que organizaran todo.
Así que había preparado poderes con mi sobrina Maya Lin, hija de mi hermano, y un fiduciario profesional.
No improvisé.
Maya me quería.
No era hija sustituta.
Era sobrina.
Adrian desarrolló insuficiencia cardíaca a los ochenta.
Seguía vivo.
Nos llamábamos ocasionalmente.
Una vez olvidé parte de nuestra historia.
—¿Estuvimos casados?
pregunté.
Él tardó.
—Sí.
—¿Fue bien?
Silencio.