que ocurrió.
En aquel momento, Maya había comprendido la respuesta como una forma de despedirse del pasado.
Ahora, después del funeral, aquellas palabras tenían otro significado.
Porque tres días después de la muerte de Natalia, una mujer llamó a su puerta.
Era una anciana delgada, vestida con un abrigo gris y unos zapatos demasiado elegantes para la lluvia que caía sobre la ciudad.
Llevaba un sobre de papel marrón.
—¿Es usted Maya Lin?
—Sí.
La mujer miró hacia el interior de la casa antes de responder.
—Me llamo Teresa Wu.