dramática sobre mi tía.
La anciana asintió.
—Eso habría sido exactamente lo que Natalia habría querido.
Maya no respondió.
Porque aún no sabía qué habría querido Natalia.
Y porque, por primera vez desde el funeral, sintió que el pasado acababa de abrir una puerta que su tía había creído cerrada para siempre.
El hombre que había guardado silencio
El técnico se llamaba Samuel Ortega.
Había muerto a los ochenta y seis años, dejando una casa modesta, una hija que vivía en otra provincia y varias cajas de documentos que nadie