había revisado hasta después del funeral.
Maya consiguió hablar con su hija, Isabel, dos días después.
La mujer no parecía sorprendida por la llamada.
—Mi padre me habló de ese caso durante sus últimos meses —dijo—. No me explicó todos los detalles. Solo repetía que había permitido que una irregularidad se enterrara bajo una montaña de papeles.
—¿Le dijo qué contenía el archivo?
—No. Me dijo que no quería que yo lo escuchara sin entender primero lo que significaba.
—¿Y usted lo escuchó?
Isabel guardó silencio.
—Sí.
Maya se incorporó