las puertas de la terraza.
Entró el olor de las buganvillas y el sonido lejano de la costa.
Pensó en aquella tarde en que había observado su propia casa desde la ventana de una vecina.
Había creído que estaba escondiéndose.
En realidad, por primera vez en muchos años, estaba viendo su vida desde fuera.
Vio cuánto había dado.
Cuánto había justificado.
Cuántas veces había confundido ayudar a su hijo con salvarlo de las consecuencias de cada decisión.
También comprendió algo más doloroso.
Álvaro no había intentado quedarse únicamente con una