vivienda.
Había dado por hecho que su madre acabaría cediendo porque siempre cedía.
Ese era el verdadero plan.
No necesitaban una firma perfecta.
Necesitaban a la Carmen de siempre.
La que temía perder a su hijo.
La que decía que sí para evitar discusiones.
La que habría aceptado una habitación pequeña para que los demás estuvieran cómodos.
Aquella mujer había salido de casa aquella mañana con una maleta rosa.
Pero nunca regresó.
La mujer que volvió cruzando la calle mientras llegaban los agentes era otra.
Todavía amaba a su hijo.