Todavía algunas noches miraba fotografías de cuando Álvaro era pequeño.
Todavía había días en que deseaba recibir una llamada y escuchar una disculpa verdadera.
Pero ya sabía que amar a alguien no obligaba a entregarle las llaves de todo.
Ni de una casa.
Ni de la dignidad.
Ni de la propia vida.
Carmen apagó las luces y subió a dormir.
Antes de cerrar la puerta de su habitación miró una vez más hacia el pasillo silencioso.
La casa seguía siendo grande.
Demasiado grande, según Lucía.
Demasiado valiosa, según Rafael.
Prácticamente