Me escondí en casa de mi vecina y vi llegar un camión de mudanzas con la familia de mi nuera. Mientras sacaban nuestra foto de boda y la dejaban junto a la basura, recordé lo que ella había dicho: “Con las cerraduras cambiadas será más difícil que monte una escena”. No lloré: llamé al 112. Entonces apareció un documento con mi firma.

Todavía algunas noches miraba fotografías de cuando Álvaro era pequeño.

Todavía había días en que deseaba recibir una llamada y escuchar una disculpa verdadera.

Pero ya sabía que amar a alguien no obligaba a entregarle las llaves de todo.

Ni de una casa.

Ni de la dignidad.

Ni de la propia vida.

Carmen apagó las luces y subió a dormir.

Antes de cerrar la puerta de su habitación miró una vez más hacia el pasillo silencioso.

La casa seguía siendo grande.

Demasiado grande, según Lucía.

Demasiado valiosa, según Rafael.

Prácticamente