puedo querer a Oliver sin darle mi cama?
Le acaricié el cabello.
—Por supuesto.
Sonrió.
Y por primera vez en mucho tiempo, aquella sonrisa no parecía pedir permiso.
Una semana sin pedir perdón
París recibió a Sophie con una lluvia ligera.
Nos alojamos en un hotel pequeño, cerca de un parque. Nada especialmente lujoso, pero tenía dos camas cómodas y una ventana desde la que podían verse los tejados grises de la ciudad.
La primera mañana, Sophie se despertó antes que yo.
—Papá, ¿de verdad estamos en Francia?
—Eso parece.