se movió.
Luego sonrió.
No era la sonrisa segura del empresario que aparecía en las revistas.
Era la sonrisa nerviosa del muchacho que, diez años atrás, me esperaba después de clase con dos cafés calientes.
Salí a su encuentro.
—Has venido de verdad.
Alexander levantó una ceja.
—¿Pensabas que estaba bromeando?
—Has abandonado una negociación internacional.
—La pospusimos. El señor Bennett me ha dicho que no vuelva sin una buena historia.
Me entregó las flores.
—No sabía cuáles elegir. Recordé que te gustaban las peonías, pero no encontré ninguna en