lágrimas.
Alexander levantó una mano y secó una gota que resbalaba por mi mejilla.
—Emily, no necesitas demostrarle nada a Daniel.
—Lo sé.
—Tampoco necesitas recompensarme por haber esperado.
Tragué saliva.
—Me he enterado de lo de mi padre.
Su expresión cambió inmediatamente.
—Emily…
—Fuiste tú quien pagó su tratamiento.
Alexander guardó silencio.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque habrías pensado que intentaba comprarte.
Negué con la cabeza.
—En cambio, permitiste que Daniel se llevara el mérito.
—No sabía que había hecho eso. Cuando descubrí que estabais juntos, pensé