que tu decisión era sincera y quise respetarla.
Lo observé con una mezcla de tristeza y admiración.
—¿Y esos diez años? ¿Nunca te cansaste?
Alexander sonrió débilmente.
—Muchas veces. Incluso intenté olvidarte.
—¿Y qué pasó?
—Que aprendí a vivir sin esperar una respuesta. Mi vida siguió adelante, Emily. Construí una empresa, hice amigos, viajé, fui feliz de muchas maneras. Pero cuando hoy me llamaste, entendí que todavía quería descubrir si podía existir algo entre nosotros.
Aquella respuesta me conmovió más que cualquier promesa eterna.
Alexander no había dejado de vivir