por los diez años durante los que había conservado sus sentimientos.
Me enamoré porque, cuando estaba con él, podía ser yo misma.
No tenía que ganarme su cariño.
No tenía que competir con otra mujer.
No tenía que aceptar humillaciones para demostrar que era comprensiva.
Una noche, seis meses después de aquel día frente al Registro Civil, Alexander me llevó a cenar al pequeño restaurante donde habíamos tenido nuestra primera cita universitaria.
El local apenas había cambiado.
Seguían sonando canciones antiguas.
Las mesas continuaban cubiertas con manteles de cuadros.
Y