EL DÍA QUE MI PROMETIDO SE CASÓ CON SU EX, LLAMÉ AL HOMBRE QUE LLEVABA DIEZ AÑOS ESPERÁNDOME

su hija.

Alexander había invitado al señor Bennett, el empresario que meses atrás había visto cómo abandonaba una negociación internacional por una llamada mía.

Cuando llegó el momento de los discursos, aquel hombre se levantó con una copa en la mano.

—Conozco a Alexander desde hace años —dijo—. Siempre lo he considerado un excelente negociador. Pero el día que dejó nuestra reunión aprendí algo de él: hay decisiones que no pueden medirse en dinero.

Todos sonrieron.

—Aunque debo confesar que, cuando me dijo que una mujer le había propuesto matrimonio