aceptado esperar a que yo pudiera elegir libremente.
El que había atravesado medio mundo cuando lo llamé, pero también había sido capaz de decirme que no debíamos casarnos por despecho.
Extendí la mano.
—Sí. Esta vez, porque quiero casarme contigo.
Alexander me colocó el anillo.
Después me abrazó con tanta fuerza que los dos terminamos riendo y llorando al mismo tiempo.
Una boda que ya no necesitaba demostrarse
Nos casamos dos meses después.
La ceremonia fue pequeña.
Mi padre me acompañó hasta el altar.
Margaret también estuvo presente, junto con