por teléfono, pensé que había perdido la cabeza.
Las carcajadas llenaron el salón.
Alexander me miró.
Yo apreté su mano.
Entonces el señor Bennett añadió:
—Después descubrí que no se casaron aquel día. Y eso me hizo respetarlo todavía más. Porque una cosa es correr detrás de lo que uno desea y otra muy distinta es saber esperar a que dos personas estén preparadas para elegir lo mismo.
Levantó la copa.
—Por Emily y Alexander. Que nunca dejen de elegirse.
Aplaudimos.
Y cuando Alexander me besó, comprendí que no necesitaba