“¿Tan poco te importé que ni para comprar una casa entera en un lugar perdido te alcanzó?”, le pregunté a mi esposo cuando me entregó los documentos de media propiedad tras 12 años juntos. Él sonrió y dijo: “Ya verás lo que te espera”. Guardé las llaves y me fui. Al abrir aquella puerta, entendí por qué había insistido tanto en regalarme esa mitad… Advertisements

entendí que llevaba años confundiendo el amor con la costumbre de soportarlo todo.

—¿Media casa? —pregunté, intentando comprender.

—Sí, media. ¿O también quieres que te compre una mansión? Bastante estoy haciendo por ti.

—¿Y la otra mitad?

Arturo soltó una carcajada.

—Pues cómprala tú, con ese sueldito que tanto presumes.

Lo curioso era que yo ganaba casi lo mismo que él. Trabajaba como asistente en una clínica privada y, algunos fines de semana, cuidaba adultos mayores para conseguir dinero extra.

El problema nunca había sido cuánto ganaba, sino quién decidía