entendí que llevaba años confundiendo el amor con la costumbre de soportarlo todo.
—¿Media casa? —pregunté, intentando comprender.
—Sí, media. ¿O también quieres que te compre una mansión? Bastante estoy haciendo por ti.
—¿Y la otra mitad?
Arturo soltó una carcajada.
—Pues cómprala tú, con ese sueldito que tanto presumes.
Lo curioso era que yo ganaba casi lo mismo que él. Trabajaba como asistente en una clínica privada y, algunos fines de semana, cuidaba adultos mayores para conseguir dinero extra.
El problema nunca había sido cuánto ganaba, sino quién decidía