cómo gastarlo.
Durante años, Arturo me exigió depositar mi sueldo en una cuenta que él administraba. Siempre había dinero para sus reuniones con amigos, sus zapatos caros y sus escapadas de fin de semana.
Para mí, en cambio, nunca alcanzaba.
Todavía recuerdo cuando le pedí dinero para reemplazar unas botas que llevaba cuatro años usando.
—No inventes necesidades, Mariana. Aprende a administrar lo que tienes —me contestó.
Tres días después apareció con un reloj de dieciocho mil pesos.
La situación empeoró cuando descubrí que tenía otra mujer.
Se llamaba Fernanda.