“¿Tan poco te importé que ni para comprar una casa entera en un lugar perdido te alcanzó?”, le pregunté a mi esposo cuando me entregó los documentos de media propiedad tras 12 años juntos. Él sonrió y dijo: “Ya verás lo que te espera”. Guardé las llaves y me fui. Al abrir aquella puerta, entendí por qué había insistido tanto en regalarme esa mitad… Advertisements

me había despedido:

“Te compré media casa para que no digas que te dejé en la calle”.

Qué equivocado estaba.

Porque aquella media casa terminó siendo el primer lugar donde verdaderamente me sentí en mi hogar.

Y si algo aprendí de todo lo que vivimos, es que una persona no vale menos por necesitar ayuda, ni vale más por tener dinero, salud o poder sobre los demás.

A veces, quienes parecen tenerlo todo son incapaces de amar.

Y otras veces, quienes creen haberlo perdido todo todavía tienen una vida entera