alguien utilice mis debilidades para humillarme.
Cuando regresamos a casa aquella tarde, encontramos el limonero cargado de frutos.
Víctor me pidió que acercara su silla a la mesa del jardín.
Nos quedamos contemplando el atardecer mientras hablábamos de nombres para nuestro bebé.
—Si es niña, me gusta Valentina —dijo.
—¿Y si es niño?
—Daniel. Pero quiero que tú también elijas.
Me reí.
—Entonces tendremos una discusión muy larga.
Él me tomó de la mano.
—Tenemos tiempo, Mariana. Por fin tenemos tiempo.
Y pensé en las palabras con las que Arturo