expresión se contrajo.
—No tienes que recordármelo.
—Entonces no me des órdenes.
Durante unos segundos pareció incapaz de reconocerme.
Quizá esperaba encontrar a la muchacha que lo había perseguido descalza hasta el coche.
La que se había quedado mirando cómo se alejaba.
Pero esa muchacha tenía arroz que vender, animales que alimentar y una casa que mantener.
No podía permitirse esperar eternamente a alguien que no quería volver.
Ethan bajó la voz.
—¿Cuánto te paga Lucas?
Parpadeé.
—¿Qué?
—Sé que tiene dinero. Si está aquí para impresionarte, puedo ofrecerte mucho