de las patas había quedado ligeramente torcida y él prometió arreglarla cuando terminara la cosecha.
Nunca lo hizo.
Me arrodillé para recoger los pedazos.
Lucas se acercó.
—Lily, deja eso. Hay astillas.
—Puedo hacerlo.
—Lo sé.
Se agachó a mi lado.
—Pero no tienes que hacerlo todo sola.
Aquellas palabras me hicieron apretar los dientes.
Ethan había dicho exactamente lo mismo.
Y acababa de marcharse.
Antes de que pudiera responder, tres coches negros se detuvieron frente a la entrada.
Del primero bajó el mayordomo que había venido a recoger a