EL DÍA QUE MI MARIDO DESCUBRIÓ QUE ERA HEREDERO DE UNA FORTUNA, ME CAMBIÓ POR SU PROMETIDA… Y YO LE PEDÍ OTRO HOMBRE

se marchó.

Aquella noche comprendí que los compradores no habían cambiado de opinión por casualidad.

Se lo conté a Lucas.

Él escuchó sin interrumpirme.

—Puedo conseguirte clientes —dijo.

Negué con la cabeza.

—No quiero que compres mi cosecha por lástima.

—No estoy hablando de lástima. Estoy hablando de venderla a su precio real.

Sacó una libreta.

—¿Sabes cuánto pagan los restaurantes de la ciudad por arroz de esta calidad?

—No.

—Bastante más de lo que te han ofrecido aquí.

Pasamos los siguientes días tomando muestras, pesando sacos y calculando costes.