la vida será siempre sencilla.
Me tomó la mano.
—Pero puedo prometerte que no tendrás que adivinar qué lugar ocupas en la mía.
Sentí que se me humedecían los ojos.
—Lucas…
—Y cuando vuelva, si todavía quieres que me quede, me gustaría construir algo contigo.
—¿Un granero?
Él soltó una carcajada.
—Podemos empezar por ahí.
Después añadió en voz baja:
—Aunque estaba pensando en una familia.
8. LA SEGUNDA DESPEDIDA
Lucas se marchó tres días después.
Antes de subir al coche me dejó un cuaderno.
En la primera página había