pequeño pañuelo.
Dentro brillaba un pendiente de diamantes.
—Grace lo perdió ayer, cerca del camino que conduce a los arrozales. Lo recogí porque pensé que vendrían a buscarlo.
El jefe de los hombres abrió mucho los ojos.
—¡¿Lo tenías todo este tiempo?! ¡¿Por qué no lo dijiste?!
Lo miré fijamente.
—Lo dije cuando llegaron. Antes de que rompieran la primera silla.
El silencio fue absoluto.
El señor Carter bajó la cabeza.
—Lamento profundamente lo sucedido. La familia Reed pagará diez veces el valor de los daños.
—No quiero diez veces