el espejo de su habitación. Todavía recuerdo cuando, en quinto grado, me dijo:
—Mamá, prométeme que me peinarás para esa noche.
—Te lo prometo, mi amor. Te peinaré para cada promoción que tengas en la vida —le respondí.
Ahora su cabello ya no estaba, arrasado por la quimioterapia, y aquellas imágenes seguían pegadas al espejo de su cuarto, esperando en silencio. La última ronda de tratamiento la había dejado más frágil que nunca: sus pómulos parecían más marcados, sus manos más pequeñas, su voz un susurro cansado.