Y de planes para las próximas presentaciones.
Hasta que un día todo comenzó a cambiar.
Al principio fueron cosas pequeñas.
Camila regresaba de la academia y subía directamente a su habitación.
Ya no nos mostraba sus movimientos.
Dejó de hablar de sus compañeras.
Y cuando le preguntábamos cómo le había ido, respondía con una sola palabra.
—Bien.
Otras veces decía:
—Normal.
Pensé que estaba cansada.
El programa avanzado era exigente.
Quizá tenía demasiadas tareas.
Quizá estaba atravesando una etapa complicada de la adolescencia.
Pero las semanas pasaron.
Y su silencio