entraba a casa comenzaba a contarnos lo que había aprendido.
—¡Mamá, hoy por fin me salió la combinación!
Dejaba la mochila junto a la puerta.
Se sujetaba de una silla.
Y comenzaba a demostrar sus movimientos entre la mesa y el refrigerador.
—¡Cuidado, Camila!
Ella se reía.
—¡Ya sé, mamá!
Mauricio la observaba con orgullo.
A veces le pedía que repitiera un movimiento porque no había alcanzado a verlo.
Camila protestaba.
Pero terminaba haciéndolo.
Nuestra casa estaba llena de música.
De conversaciones sobre ensayos.
De zapatillas olvidadas debajo del sofá.