enferma.
Porque no me había contado nada.
Porque había pasado semanas pensando que sólo estaba atravesando una etapa difícil.
Y porque había permitido que mi miedo llenara los espacios que dejaba su silencio.
Después respiré profundamente.
Tomé el teléfono.
Y llamé a Mauricio.
—Necesito que vengas a casa temprano.
Su voz cambió inmediatamente.
—¿Qué pasó?
—Es Camila.
—¿Está bien?
Cerré los ojos.
—No lo sé. Tenemos que hablar con ella.
Aquella noche nos sentamos alrededor de la mesa de la cocina.
La misma mesa junto a la que Camila había