practicado cientos de vueltas.
La misma donde había hecho sus tareas.
La misma donde celebramos que había conseguido la beca.
Ahora estaba sentada frente a nosotros.
Con las manos entrelazadas.
La mirada baja.
Y los ojos llenos de lágrimas.
Mauricio se sentó a mi lado.
—Hija, tu mamá fue a la academia.
Camila levantó la cabeza.
Su rostro perdió el color.
—¿Qué?
Asentí.
—Hablé con tu maestra.
Mi hija comenzó a llorar.
—Mamá…
Me acerqué.
—¿Por qué no nos dijiste que te habías desmayado?
Camila se cubrió el rostro.
Durante