que no podían prometerle que algún día sería seguro regresar a las exigencias del ballet profesional.
Aquella posibilidad la había destrozado.
Camila llevaba años imaginando su futuro sobre un escenario.
Había sacrificado fiestas.
Vacaciones.
Tardes con sus amigas.
Había practicado hasta que le dolían los pies.
Había ahorrado para comprar zapatillas.
Y finalmente había conseguido una beca que parecía acercarla a su sueño.
Entonces, en cuestión de días, todo quedó suspendido.
—No sabía cómo decirles —sollozó.
Mauricio le tomó la mano.
—Hija…
Pero ella continuó:
—Papá, tú cambiaste tus horarios