para que pudiera bailar.
Miró hacia mí.
—Mamá, tú trabajaste horas extras para pagarme los cursos.
Las lágrimas le corrían por las mejillas.
—Los dos estaban tan orgullosos de mí.
Negué lentamente.
—Camila…
—Cada vez que hablaban de mi futuro sonreían.
Su voz se quebró.
—Y yo no podía decirles que quizá nunca volvería a bailar como antes.
Se cubrió el rostro.
—No quería quitarles esa felicidad.
Aquellas palabras me atravesaron.
Mi hija creía que su enfermedad era una decepción para nosotros.
Que perder la posibilidad de convertirse en bailarina